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junio
2000
Nº 66

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ficción
Dulce pesadilla, Abnel
MAYRA SANTOS-FEBRES
Al fin, carajo! ¡Ya era hora!" pensó
tan alto que segundos después juraba que el señor de al
lado la había oído. Llevaba casi 45 minutos esperando la
guagua. Al verla, automáticamente sacó una peseta de la
cartera y se preparó para el simulacro de guerra venidero: meterse
en la guagua a como diera lugar para luego pelearse hasta la muerte por
el último de los asientos disponibles. Ella era una experta en
eso. Años de práctica habían fortalecido sus codos
y rodillas, agilizado su torso y cintura. Conocía todas las contorsiones
eficaces para llegar al asiento. Dos veces al día las había
practicado. Así había llegado a la perfección.
Como de costumbre, resultó la feliz poseedora de
un descascarado asiento al lado de la ventanilla trasera de la guagua.
Se había librado del chinazo abrumador, del toqueteo y el roce
en cada parada, Jesús, María y José, y de las axilas
en déficit de desodorante de aquellos que, como ella, practicaban
el ritual guagüero todas las tardes a las 5:00. Se acomodó
bien en su parcelita de plástico y colocó su cartera en
la falda, aguantándola con ambas manos, por si acaso. La rutina
la llevó a un breve examen de sus compañeros de travesía:
parejita de estudiantes tocándose los muslos de soslayo, muchachita
como de veinte años con dos nenes chiquitos, don que pregunta por
la calle Vinyater en alguna urbanización con nombre de leyenda
española. "Jesús, María y José",
pensó aturdida.
Calculó el tiempo. Ya estaba retrasada por la espera,
pero si la guagua se comía la luz, si doblaba por la Loíza
vertiginosamente y si el conductor no hacía todas las paradas,
ella llegaría a tiempo, correría escaleras arriba, abriría
la puerta y abandonaría su cuerpo al éxtasis de verlo. Él,
hasta el delirio, su pelo negrísimo, su paso nervioso, verlo salir
mojado y en toalla de baño. Abnel Nieves su caja de correo lo dice,
lo dice la placa del intercom, la curvatura de su espalda lo dice, el
aire que raja de perfil y las gotitas de agua resbalando por la entrepierna
Abnel Nieves. "¡Avanza conductor!"
Una curva la sacó de la alta abstracción
que la calentaba. Se asustó del delicado sudor que perlaba su pecho.
Paseó su vista por las paredes intestinales de la guagua: Cristo
te ama, Cógele el culo al prójimo, Libertad para los presos
políticos, Carmen y Caco forever. Carmen y Caco, Romeo y Julieta,
ella y Abnel forever: para siempre. Y pensó en cómo todos
los días de la semana a las 6:15 en punto ella se acercaba a la
ventana de su apartamento de solterona y detrás de la cortina liviana
se ponía a mirar hacia el edificio de enfrente para verlo salir
del baño, húmedo, buscar sus pantalones y camisas en el
closet, vestirse lentamente y salir a quiensabequé. A veces, daba
el frente a la ventana y le regala con su pubis enmarañada, hasta
con su culebra tierna para que tuviera pesadillas aquella noche. Siempre
soñaba lo mismo: ella, la bibliotecaria fea, chumba, flaca, era
rescatada por Abnel en toalla, que se la llevaba de los anaqueles hasta
su cuarto. Allí le besaba los pezones suavemente; le pasaba la
lengua por el vientre hasta el ombligo, suave, suave. La besaba y de repente
se convertía en bestia que la quería fajar a toda costa,
desmadejarle la vulva a mordiscos y dejarla rota, adolorida por atreverse
a soñar con su ternura, una mujer tan fea como ella, tan tonta
y desabrida. Verlo desnudo, secándose el cuerpo y luego vestirse
sin premura era su consuelo. No podía perderse a Abnel aquella
tarde. Él la sacaba, aunque fuera de mentira, de su aburrimiento.
Las 5:50. La guagua vira vertiginosa la Loíza;
todo parece ir bien. Pero de repente el vehículo se encuentra de
frente con tremendo tapón. Pasan tres minutos... cuatro. La guagua
no se mueve. Permanece encajada como un quiste putrefacto. "Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?" piensa, suspirando.
Las 6:05. ¿Qué sería de ella si la guagua no llega
a tiempo? ¿Cómo llenaría su tarde, su noche? ¿Con
qué soñaría? Y para colmo, Abnel se enojaría
con ella y cerraría la ventana para siempre. Le cortaría
de cuajo sus pesadillas para dejarla más sola aún. "¡Las
6:10! ¡La vida me maltrata!". La vida la maltrata por vieja,
por fea, por plana; ella lo sabe bien. La vida le quiere quitar lo último
que le queda. Ella está a punto de llorar. Jesús, María
y José. El conductor es el Anticristo.
Y de súbito, un milagro. A las 6:15 en punto el
tránsito comienza a moverse, poco a poco al principio. Se limpia
la Loíza, dándole esperanzas a la desesperada. Va a llegar,
unos cuantos minutos tarde, pero llega. Quizás alcance tan sólo
el celaje de las nalgas húmedas de Abnel hacia el cuarto, quizás
un rabito raudo de toalla abandonada al paso, pero no importa. Dos semáforos
más y estaría en la esquina de su casa. "Avanza, chófer.
Cómete la luz. ¡Avanza!" La súplica en los labios,
los ojos salidos de sus órbitas, esperando permiso para salir disparados
hacia la ventana. "¡Avanza, chófer, otro semáforo
más, la próxima parada!" Y el chófer se deja
dirigir por esa mano que no ve, la de la voluntad de ella, más
fuerte que el acero, más fuerte que un tapón citadino, más
fuerte que el tiempo medido por alarmas y reloj. Las 6:25. La puerta de
la guagua se abre en la parada. Ella se arroja de aquella inmensa lombriz
rodante y corre, corre desaforada escaleras arriba. Tira los paquetes
al piso; el bulto y la cartera se desparraman de alivio por todas partes.
Ella se lanza, desfigurada, a su ventana. Está tarde, tarde, diez
minutos tarde. Se olvida de mantenerse oculta detrás de la cortina.
Casi la arranca de un manoplazo. Se lanza bocafuera a su ventana para
tratar de recuperar aunque sea un celaje de Abnel. Jadeante, llorosa,
para en seco.
A otro lado del vacío, en el apartamento de enfrente,
Abnel Nieves está desnudo, mirando el reloj, de pie en medio de
la ventana corrediza. Lentamente levanta los ojos del reloj hacia el hueco
donde aparece la vecina. Abnel la mira y sonríe malicioso señalando
el reloj, haciendo muecas de "¡Estás tarde!" Luego,
siempre sonriente, procede en su ritual, caminando despacio hacia el cuarto
a vestirse deliberadamente para ella.
Mayra Santos-Febres (Puerto
Rico, 1966) es autora de los poemarios Anamú y manigua y El orden
escapado. En 1996 fue galardonada con el premio Juan Rulfo de cuentos.
Su primera novela, Sirena Selena vestida de pena (Mondadori, 2000), se
ha editado recientemente en España. Este relato pertenece al volumen
Pez de vidrio (Eds. Huracán, Río Piedras, Puerto Rico, 1996).
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