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Semblanza
María Luisa Bombal
GERMÁN EWART
Veinte años de ausencia y de silencio crearon
un mito. El impacto de los dos libros de María Luisa Bombal se
produjo en la segunda mitad de la década del treinta. Irrumpió
con su prosa poética, emotiva y precisa, en un medio literario
donde imperaban fundamentalmente el criollismo y el realismo.
Luego desapareció. Apenas una que otra noticia,
escueta y fragmentaria, desde Estados Unidos. A la distancia y a los años
se sumó el misterio del silencio. Agotados sus libros hace más
de una década, quedó envuelta en una nebulosa, pero no cubierta
por el olvido. Muchos hasta la creían muerta, presunción
que no hace sonreír a la escritora. La enfurece.
La realidad de María Luisa Bombal es tan extraña
como la leyenda. Cree en Dios y su ángel guardián. También
en la hechicería y la magia. Sabe ser hada delicada, suave y tímida.
Y, asimismo, tornarse bruja violenta, agresiva e intolerante. Dice:
Mi vida es una extravagancia a la que estoy resignada.
Vehemente y vital, conversa con las manos y la cara. Articula
con violentos énfasis en determinadas sílabas y sus "erres"
retumban como redoble de tambor.
Viña del mar
Nació en la lánguida y tranquila Viña
del Mar de 1910. [...]
No tuvo mayor interés en las muñecas. Vivía
con sus libros y, para que no se los pidieran prestados, los guardaba
bajo llave en un gran cofre. La dejaban leer de todo. A los diez años
conoció a Knut Hamsun y el Werther de Goethe, pero su pasión
fueron los cuentos de Andersen.
Es un mago de la palabra. Se le cree escritor para
niños, pero no es así. Aún lo releo todos los años.
Grimm, en cambio, me parecía demasiado realista. [...]
Estudió en las Monjas Francesas de Viña.
Sin ser alumna brillante, solía obtener los premios de Francés
e Historia Sagrada.
Falleció su padre y, a los trece años, partió
a estudiar a Francia con su madre y hermanas.
La infancia viñamarina había llegado a su
fin.
París
Las monjas de París fueron más estrictas
que las de Viña, pero el ambiente y las compañeras, parecidos.
El idioma no le ofreció dificultades. Lo asimiló tan rápidamente
que pronto escribió en francés: "Cosas personales,
cuentos y teatro. Nada para ser publicado".
Ingresó a la Sorbonne, donde se licenció
en letras con una tesis sobre Mérimée. Al mismo tiempo y
a hurtadillas estudió teatro con Charles Dullin. Fue un paralelismo
relativo porque los horarios coincidían y dos años seguidos
quedó con el examen oral de la universidad "para marzo".
Recuerda:
Me ponían siempre en papeles que requerían
linda silueta y sonrisa. No habría sido buena actriz. Era muy intelectual
y fría, tal vez por timidez.
En los mismos cursos había un muchacho que también
hacía teatro a escondidas. Su familia le suponía estudiando
medicina. Entonces le conocían por Dominique. Hoy en día
se llama Jean Louis Barrault.
Dullin insistía que la práctica proporcionaba
el mejor aprendizaje y utilizaba a sus alumnos como comparsas. María
Luisa estaba de acuerdo, pero temía las matinés dominicales:
podía asistir algún chileno.
Sucedió. Un domingo fue al teatro el tío
que estaba a cargo de María Luisa. La reconoció, pero no
dijo palabra. En cambio, escribió a Chile indicando que no podía
hacerse responsable de la niña. A vuelta de correo le enviaron
su pasaje a María Luisa. Seguramente porque ser viñamarina
de buena familia y estudiar teatro eran actividades incompatibles.
Así llegó a su fin la adolescencia en París.
Corría el año 1931.
Buenos Aires
Regresó desesperada, truncados los anhelos de convertirse
en escritora francesa. Chile sólo la conoció durante dos
años. En 1933 partió a Buenos Aires. Huía de un amor
desgraciado. Pablo Neruda, entonces cónsul en la capital argentina,
la alentó y la estimuló. En la cocina del poeta comenzó
a escribir su primer libro.
En Buenos Aires vivía en pensión y frecuentaba
los ambientes literarios. El dinero escaseaba y siempre había alguna
prenda empeñada para subsistir. En 1934 publicó La última
niebla y se casó con el pintor Jorge Larco. El libro fue un éxito;
el matrimonio, no.
La separación legal se produjo en 1936. Un año
antes, Sur le publicó La amortajada, que tuvo una repercusión
igual y aún mayor que su primer libro.
No tuve dificultades. Todo el mundo se entusiasmó.
Hasta el día de hoy me siento agradecida de lo bien que fueron
acogidos mis libros, y todavía me emociono cuando alguien me cuenta
que los leyó y que le gustaron.
Ambas obras fueron reeditadas en Santiago, donde tuvieron
una acogida similar y, en 1937, le valieron ser enviada a Estados Unidos
por un mes, como delegada chilena a un Congreso Internacional del Pen
Club. [...]
En 1941 retornó a Chile. Su frustrada vida emocional
estalló en un dramático incidente y, un año después,
se alejó de nuevo, esta vez en forma definitiva. Viajó a
Estados Unidos, de donde sólo regresó ahora, veinte años
después.
Apenas una tercera parte de la vida de María Luisa
Bombal transcurrió en su patria. Pero es pertinazmente chilena.
Amor
Solía exclamar:
De qué me sirve ser autora de La amortajada
cuando mi desesperación es tan grande. Nunca tuve tino en el amor.
Ése es un hecho. Al enamorarme perdía a un amigo y lo reemplazaba
por una tragedia.
De niña sufría con "amores secretos".
La descubrían fácilmente, porque se sonrojaba ante la mención
del objetivo de sus afectos. Siempre tuvo una marcada predilección
por los hombres mayores.
Tal vez porque eran más interesantes y sabían
más que yo. También eran más celebradores de mis
tonterías. Y siempre me ha gustado que me protejan.
Una hermana de María Luisa da otra interpretación:
la eterna búsqueda de la imagen paterna.
Añade la escritora:
Los hombres se enamoraban locamente de mí,
pero siempre me iba mal. Tal vez fui muy exclusivista, exigiendo que constantemente
estuvieran pendientes de mí. Me ponía celosa de sus amigos,
y quizás fui demasiado absorbente y dominante. Nunca me expliqué
los motivos de lo que me sucedía.
Su vida sentimental recién se estabilizó
al casarse con el conde Fal de Saint-Phalle, en 1944. Es francés
nacionalizado en EE.UU., corredor de la bolsa y veinte años mayor
que ella. Tuvieron una hija, Brigitte, que actualmente tiene 17 años
y estudia en la Universidad de Cornell. El año pasado obtuvo las
calificaciones más altas de todos los liceos del estado de Nueva
York en Física y Matemáticas.
Nueva York
[...] La amortajada también se publicó en
EE.UU. (asimismo en Inglaterra y Francia). La editorial Knopf encargó
la traducción a un tejano. Resultó pésima y, para
rescindir el contrato y rescatar su libro, María Luisa debió
pagar mil dólares. Luego se publicó en traducción
de su esposo. Esta versión tiene un 50% más de texto que
la original. Tuvo éxito de crítica en Boston y Fidaldelfia,
pero no en Nueva York.
Es la única parte donde tuve malas críticas.
Me trataron de anticuada, de continental y de peculiar.
La relación de María Luisa con Estados Unidos
es una mezcla de amor y odio.
Le tengo un gran respeto como nación. Individualmente
no me gusta; sobre todo literariamente. El ambiente literario de Estados
Unidos es un avispero de ignorancia y maldad, con desdén por todo
lo latinoamericano. Allá no interesamos.
Me carga lo que escriben. Artísticamente es la
gente más atroz que conocí en mi vida. Sus libros están
llenos de historias inventadas con caracteres inventados. No hay verdad.
Además no saben escribir. No es literatura, sino una cosa telegráfica:
taca-taca-tu, taca-taca-tu... Sin sexo, sordidez y crimen, no hay libro.
En general hay ahora una tendencia a lo sórdido. Lamento que también
haya llegado a Chile. Nuestros escritores eran realistas, pero tenían
dignidad.
Las discrepancias de María Luisa con EE.UU. son
literarias, no políticas. Va "matemáticamente"
a las manifestaciones frente a la embajada soviética y sustenta
un anticomunismo violento y emocional:
Odio al comunismo porque quiere destruir al individuo,
a Dios y al arte. Si esas cosas no existen, prefiero morir.
En los asuntos de la vida diaria se adaptó perfectamente
a Nueva York. Entre sus amigas se cuentan varias norteamericanas.
Me aceptan. Les hago gracia y me encuentran exótica.
No sabe manejar auto. Prefiere tener cocineras que dominen
el volante y dedicarse a mirar el paisaje. Por lo demás, una vez
que iba a aprender, la visitó una delegación de vecinas
para implorarle que no hiciera tal cosa.
Tres idiomas
En su departamento neoyorquino María Luisa conversa
en castellano con su hija y en francés con su esposo, mientras
padre e hija charlan en inglés. Esa experiencia trilingüe
suele desconcertar a las visitas.
Aunque piensa igualmente en francés e inglés,
nunca perdió el dominio del castellano. Pasa de un idioma al otro
con la mayor naturalidad.
Como escritora también tiene una trayectoria trilingüe.
Del castellano de los versos infantiles pasó a la prosa francesa
de la adolescencia. Según filósofos como Henríquez
Ureña, el francés le ayudó a escribir su propio idioma
en forma más precisa, corta y directa.
Del francés retornó al castellano durante
su época argentina. Una vez que se editaron sus obras en inglés,
vino una etapa en que quiso ser escritora norteamericana.
Fue el explicable efecto del éxito de La última
niebla, de vivir allá y tener una familia norteamericana.
Su silencio de tantos años no significó
inactividad literaria. Aunque no publicara, escribió todo el tiempo.
Tres obras de teatro y una larga novela fueron escritas
directamente en inglés. La novela se llama El Canciller y la concluyó
hace ocho años. Es "la historia de un caso de conciencia y
de un gran amor conyugal que transcurre en nuestros días tras la
Cortina de Hierro". Es "una novela romántica y terrible,
inspirada en el caso de Jan Masaryk". A mediados de año será
editada en Chile por Nascimento.
La estoy traduciendo al castellano. ¡Qué
extravagancia! ¡Qué horrenda extravagancia! ¡Qué
atroz! Me dio por hacerme escritora norteamericana y lo siento. El profesor
Federico de Onís me dijo: "Deje usted de escribir en inglés.
Hágalo en castellano, que si no la gente en su tierra la olvidará".
Mi presencia aquí es la prueba de que seguí su consejo.
No se crea, sin embargo, que estuvo totalmente entregada
al inglés. También tiene una cantidad considerable de originales
en castellano. Entre ellos, una serie de Cuentos Mágicos. Es un
tema que también le interesa al margen de la literatura.
Sé mucho de magia. Un día me resultó
una experiencia. Casi me morí de susto y yo me dije: esto es del
diablo. Cuando me da mucha rabia, se paran los relojes de la casa y si
pienso en algo y pienso bien fuerte, suele suceder.
Ira y sufrimiento
[...] Su ira no conoce límites. Si le obsequiaran
una bomba plástica no dudaría en emplearla. Como no dispone
de explosivos, llama todas las noches a los tabloides de oposición,
incitándoles a iniciar una campaña. No le hicieron caso.
Le duele como el gran fracaso de su visita a Chile.
Durante su permanencia en Santiago preparó la reedición
de La amortajada y La última niebla.
Al editar las obras en inglés les hice agregados
con el fin de decir muchas cosas que antes no había tenido la madurez
de expresar. Ahora, al verter al castellano, acorté de nuevo.
Fue un trabajo arduo.
Trabajaba durante una semana y después leía
lo que había hecho. Me di cuenta que era una traducción.
Tuve que reescribir todo cuatro, cinco y seis veces antes de darme por
satisfecha. ¡Qué atroz! Siempre me ha costado mucho escribir.
No soy de aquellos para quienes el escribir es una fuente de felicidad.
Lo difícil para mí no es concebir una obra, sino construir
y elaborarla: el trabajo de precisión. Para mí, el goce
está en sentir un libro y fijarlo con notas. Lo siento terminado
dentro de mí. Lo que me hastía es escribirlo. Si no tengo
un trago al lado, ese trabajo me abruma. Tengo lo que Colette llamó
"la fobia del papel blanco". Pongo música, hablo por
teléfono, escribo cartas. Todo es pretexto para alejarme del trabajo.
Cuando escribí El Canciller, mi marido me desconectó el
teléfono durante seis meses para alejar esa tentación. Pulo
tanto que de repente tengo que parar y volver al texto original. Me ha
sucedido que, a fuerza de pulir, malogro mis cosas. Escribir es para mí
un trabajo lento, muy lento. "¿Qué hiciste todo el
verano?", me preguntó una amiga hace un par de años.
"Escribir un cuento", le respondí. Pero cuando termino
una obra me siento feliz y me admiro.
Así pasaron veinte años, escribiendo con
dolor y en silencio. Más de alguien le ha preguntado por qué
lo hace si le cuesta tanto.
Y ella responde, simplemente:
Porque es lo único que sé hacer.
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