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ficcion
Triste domingo
KALMAN BARSY
Los domingos voy a almorzar a casa de los viejos.
Alrededor de las once estamos llegando a Ituzaingó en mi agobiado
Citroën 2 CV, una verdadera reliquia de los años setenta,
de cuando militábamos Irma y yo en la Juventud Peronista. Los chicos
se quieren tirar por las ventanillas aun antes de detenerse el coche.
Con un suspiro, apago el motor. El motor suspira también y la carrocería
se bambolea dulcemente mientras nos bajamos todos: hemos llegado. Alejandro
y Sebastián salen disparados como gorriones hacia la casa de los
abuelos y oigo al viejo que me grita desde el jardín:
¿Trajiste el rábano picante?
Sin verlo todavía, me lo imagino, sentado en la
desvencijada reposera de lona con los pies hinchados. El rábano
picante es para darle garra al körözött; sólo se
consigue en las fiambrerías kosher del Centro. Mi madre me mira
con ojos implorantes.
No le digas que se te olvidó susurra
en mi oído al darme el beso de bienvenida. Igual no se va
a dar cuenta.
El viejo ya está perdiendo el sentido del sabor,
pero ahora es cuando más exigente se ha puesto con la comida. A
todas horas atormenta a mi pobre madre para que le cocine los platos del
Délvidék, la región sur del imperio austro-húngaro
donde transcurrió su infancia.
¡Es que no tenemos esa ingredientes, Apuka!
se defiende mi madre.
Lo dice en castellano. Quiere dejar constancia ante Irma
de que no es su culpa si no puede reproducir aquellos remotos sabores
de la cocina materna enquistados en la memoria emotiva del viejo. Pero
el viejo está empeñado. Armado con la biblia de la cocina
húngara (Az Innyesmester Szakács Könyve), que milagrosamente
sobrevivivó al cataclismo de la Segunda Guerra Mundial y la emigración,
persigue incansablemente a mi madre por la casa leyéndole en voz
alta las recetas.
Sentados a la mesa, los chicos atornillados por fin a
sus sillas después de un par de sopapos, mi madre espera el veredicto.
¡Mmmmm! aprobamos todos.
Pero el viejo no.
Sótlan declara, implacable, y le echa
a la sopa una montaña de sal.
Ya no siente esa sabores suspira mi madre, hablando
del viejo como si el viejo ya no estuviera. Pobre Apuka.
Y es que ya no oye bien tampoco. Metido en su espiral,
el viejo masca despacio, buscando el sabor perdido de la cocina de su
madre mientras acá sus nietos argentinos se dan patadas bajo la
mesa, conversamos, se escucha el partido de fútbol por la radio
del vecino, etc. En el rico caldo de ossobuco con verduras frescas y perejil
picadito, flotan las galushka de huevo y harina que tanto nos gustaban
a Laci y a mí. En efecto, falta un poco de sal.
Está riquísimo, mami.
El viejo sigue buscando la memoria de los sabores de antaño.
Veo sus ojos azules, del color exacto a los míos propios, que no
me miran, concentrados en esa búsqueda. De chico me portaba mal
nada más para que él me mirara, pero siempre fue igual que
ahora. Sólo Laci conseguía enganchar el foco pleno de su
mirada, llevándole sistemáticamente la contraria en todo.
En eso, Laci era igual que el viejo.
Mi madre pone frente a los chicos el humeante hueso de
vaca en un plato hondo.
¿A quién le toca hoy?, ¿a ver?
dice Irma, velando por que haya justicia.
Sebastián se encoge de hombros; hoy le toca a su
hermano. Alejandro agarra el hueso con cuidado porque está caliente
y sopla con fuerza por el agujero. El rico tuétano sale entero,
tembloroso sobre el plato. Entonces Irma lo unta sobre rodajas de pan
tostado, un pan para cada uno, y los reparte empezando por el viejo. Es
el mismo ritual de cuando Laci y yo éramos chicos. Mi madre repartía
el pan con tuétano de la sopa de ossobuco, como ahora lo hace Irma.
Pero ella no comía; así quedaba más para nosotros.
El viejo muerde la tostada y por un momento, en el que
masticamos en silencio, está de nuevo aquí con nosotros.
Salud dice, y hace un buche con el vino.
Salud, viejo.
Ahora sé que está pensando en Laci; cuando
brinda así siempre piensa en él, aunque no lo mencione.
Alejandro está maniobrando con su plato para que
se le caiga el pan con tuétano. El perro se ha dado cuenta y ronda
su silla. A Alejandro no le gusta el tuétano, sólo lo quiere
por fastidiar a Sebastián.
Te lo comes todo le ordeno, sin mirarlo.
Sí, come Alejandro implora mi madre.
Mira tu hermano.
El turós csusza tampoco le gusta. Rebusca sin ganas
entre la pasta, a la pesca de los pedacitos de panceta frita.
¿Te hago un churrasquito? lo consiente
Irma, y yo me aguanto, no digo nada.
El viejo mueve las mandíbulas rumiando el túrós
csusza. Lo que él busca no está ahí.
No existe esa ingredientes vuelve a disculparse
mi madre, diríase que asiente también aunque no le gusta
mucho esa versión magiar de los "spaghetti a la carbonara".
Allá en Hungría era esa ricota de oveja,
hey, ¡riquísimo! Aquí ésa no hacen.
El viejo exuda desaprobación, aunque come como
para el campeonato.
Siempre fue mi plato favorito.
El plato favorito de Laci dice el viejo con
la boca llena. Lo dice como si me corrigiera y para hacer llorar a mi
madre, por no saber cocinar los platos del Délvidék. Y,
en fecto, los ojos de mi madre se llenan de lágrimas ante la mención
de mi hermano desaparecido.
Y el mío también digo con rabia.
¿Qué?, ¿Qué?, ¿Mi...?
me desoye el viejo, cada vez más sordo.
Que es mi plato favorito también grito
para que me oiga.
Vos y tu mujer se salieron a tiempo dice entonces
el viejo, y no tiene nada que ver con la conversación. Él,
en cambio, peleó hasta el final.
No hablemos esa, por favor ruega mi madre retorciendo
la servilleta. ¡Sebastián!, ¡Alejandro! ¡Hay
palanchita de postre! ¡Mmmmm! Ésa sí gusta, ¿verdad?
Ayuden a la abuela con los platos, vamos dice
Irma, levantándose ella también.
De todos modos, no es igual murmura el viejo
hablando solo.
Pero no deja de comer. Mastica y mastica, rumiando su
bocado.
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