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mayo
2000
Nº 65

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Sin ficción
Mi lectura de Andréi Platónov
JAUME CABRÉ
Tras leer uno de sus cuentos, Stalin anotó
"¡Basura!". Nada más lejos de la realidad, Andréi
Platónov (1899-1951), quien terminó sus días devastado
por las heridas de guerra y la tuberculosis que le contagió su
hijo, es uno de los principales autores rusos del siglo XX y su novela
Chevengur (Cátedra) una antiutopía inigualable. Tal y como
cuenta este artículo.
Andréi Platónov es uno de los grandes silenciados
y desconocidos de la literatura rusa tal vez porque se dio a conocer,
tímidamente, durante los años treinta de las colectivizaciones
y el estalinismo no tardó en ponerle la soga al cuello. Pero el
caso es que Hemingway, quien había leído en alguna parte
un cuento suyo, habló de él con reverente entusiasmo ante
unos periodistas rusos esto sucedía en los años cincuenta,
que reconocieron avergonzados que era la primera noticia que tenían
de su existencia, ni siquiera conocían su nombre. Creo que no ha
sido hasta los años ochenta treinta después de su muerte
cuando se ha empezado a editar su obra de una manera regular. Y no toda
se ha editado todavía. Platónov ha sido uno de los grandes
silenciados, como lo fueron Osip Mandelstam, Nikolái Klúiev,
Anna Ajmátova o tantos otros.
Algunos de ellos fueron directamente asesinados a causa
de la represión estalinista. Algunos tuvieron que soportar la deportación
y las enfermedades debidas a la mala alimentación. Otros fueron
aislados en sus propias casas. No es el caso de Platónov. Ni le
fusilaron ni le deportaron, sino que le cortaron las alas de un modo sutil
e hiriente: confiscaron su obra y secuestraron a su hijo, Platón
Platónov, que a los quince años fue acusado de terrorismo
y alta traición y se vio obligado a corroborar el contenido del
sumario por miedo a que, si no lo hacía, sus padres fueran encarcelados.
Platón Platónov fue condenado a diez años de trabajos
forzados en Norilsk, en el Extremo Norte. Parece ser que los buenos oficios
de Solokhov hicieron posible que se le redujera la pena, y al cabo de
dos años de presidio volvía a su casa, enfermo de tuberculosis.
Murió a los pocos meses. Con ello, Platónov añadió
un nuevo dolor a su biografía. A pesar de sus esfuerzos para que
Gorki, que en aquel momento era quien decidía en lo político-literario,
le aceptara como escritor soviético ortodoxo, las autoridades debieron
considerarlo irrecuperable. A pesar de que en la guerra luchó con
ardor para su país, le dejaron por imposible porque en sus escritos,
ya se tratara de artículos o de cuentos, aparecía siempre
una visión no positiva y excesivamente irónica del estado
de la cuestión. En consecuencia, le quitaron todos los trabajos
y le confiscaron su obra, pero permitieron, gracias a un sentido cósmico
de la ironía, que ocupara la plaza de bedel del edificio del Instituto
de Escritores.
¿Qué les daba tanto miedo de un hombre aparentemente
tan inofensivo? Supongo que dos cosas: la primera, que todos sus colegas,
abiertamente o con la boca pequeña, reconocían que era el
maestro de la prosa; la segunda, que su prosa emociona. Y esto sí
es francamente peligroso.
En los cuentos y las novelas de Platónov aparece
un paisaje decididamente ruso: llanuras inmensas, otoño, cielos
estrellados, coloridos atardeceres y trenes que se alejan. Sobre todo
los trenes, que se llevan a la persona amada, que se llevan los sueños
y dejan a los quienes se quedan en la estación solitaria, con su
presente de pequeñas miserias y añoranza.
Personajes devastados
Pero Platónov es también un maestro cuando
pinta paisajes interiores. Todos sus personajes son personas devastadas
por la pena, lacónicas, acostumbradas a vivir en un ambiente en
que las grandes distancias alejan los corazones, en que los intervalos
temporales de dimensiones épicas son asumidos con resignación
y dolor. Sirva como ejemplo el cuento titulado "Fro", que Platónov
escribió poco después de la muerte de su hijo. Fro es hipocorístico
de Frosia, que, a su vez, lo es de Evfrosia.
"Ya volverá" le dice en este cuento
su padre a Frosia, una mujer triste porque su marido se ha marchado con
el tren nocturno a construir el socialismo más allá de los
Urales, en plena Siberia "En sólo un año lo tendrás
aquí." Un año no es nada cuando se vive en una llanura
interminable.
En este mismo cuento vemos también algo que será
recurrente en muchos personajes del Platónov novelista, como en
Chevengur: la fascinación por el mundo de la ciencia, que de algún
modo es la excusa que nos reúne hoy aquí alrededor de Platónov.
El marido de Fro era "un hombre que había estudiado en dos
escuelas técnicas y que sentía los mecanismos de las máquinas
con la precisión de su propia carne."
Uno de los secretos de la fuerza de la prosa de Platónov
es su facilidad para utilizar la metáfora, la metonimia o la comparación,
los grandes tropos, como elementos argumentales esenciales, de modo que
los personajes vivan enfrentados a dos mundos, el real y el imaginario,
el del corazón y el de la técnica, el de la generosidad
y de la cobardía, que conviven en su interior. La frase "sentía
los mecanismos de las máquinas con la precisión de su propia
carne" es un claro ejemplo.
Frosia, por amor a su marido, se apunta a unos cursos
de comunicaciones ferroviarias. El narrador cuenta:
"Al principio, Frosia era una mala estudiante. Las
bobinas de Pupin, los relevadores y el cálculo de resistencia de
un alambre no atraían a su corazón. Pero un día su
marido pronunció estas palabras y, con toda la sinceridad de la
imaginación, que se encarnaba incluso en las máquinas más
oscuras y aburridas, representó vivamente el funcionamiento de
estos objetos, que a ella le parecían misteriosos y muertos, y
la calidad secreta del fino cálculo gracias al cual las máquinas
vivían."
Las máquinas viven, ésta es la cuestión.
Como también lo hacen las locomotoras que el padre de Frosia, jubilado
a su pesar, ve pasar por las vías sin poder dirigirlas, ni acariciarlas,
ni engrasarlas con el amor con el que lo había hecho durante los
últimos treinta años. Más adelante el narrador hace
un retrato del marido de Frosia; cuando lo leí por vez primera,
sin saber absolutamente nada sobre Andréi Platónov, estuve
seguro de que tenía que tratarse de un autorretrato. Era el siguiente:
"El marido de Frosia tenía la facultad de
sentir la tensión de la corriente eléctrica como una pasión
propia. Daba alma a todo lo que tocaban sus manos y su mente, y por ello
se hacía con una idea real acerca del movimiento de la fuerza de
cualquier instalación mecánica y sentía directamente
la dolorosa y paciente resistencia del metal corporal de la máquina."
Todavía hoy sigo pensando que, en este pasaje,
Platónov se estaba autorretratando, porque parece imposible, y
disculpad mi ingenuidad, que alguien haya inventado estas relaciones sin
haberlas vivido.
Por lo tanto, debido a la pasión de su marido por
las máquinas, Frosia estudia mecánica ferroviaria. Pero
cuando su esposo se marcha, más allá de los Urales, ella
no quiere volver al curso:
"Las bobinas de Pupin, los microfaradios, los puentes
de wheatstone, los ejes de hierro, se habían secado en su corazón."
Brutal nostalgia
Frosia es una mujer que vive sumergida en la nostalgia
que siente por su marido Fedor. Impresiona constatar la potencia de este
personaje, espejo de los grandes personajes de Platónov, que con
pocas, poquísimas palabras, nos da a entender la inmensa fuerza
de sus sentimientos. Y lo hace por medio de la acción, como gusta
a los narradores; una acción que se nos muestra, con gran eficacia,
de forma gradual: como su nostalgia es tan brutal, deja de asistir a los
cursos de formación.
"Vivía en casa esperando una carta o un telegrama
de Fedor, porque le daba miedo que el cartero volviera a llevársela
si no encontraba a nadie en casa."
La gradación se vuelve más intensa:
"Como la carta o el telegrama de Fedor no llegaban,
Frosia se puso a trabajar de cartero en la oficina de correos."
La misma Frosia se convierte en una metáfora. A
pesar de todo, a pesar de trabajar en correos, no le llega la carta de
Fedor y la tensión a la que está sometida acaba explotando
en una crisis que le sobreviene en plena calle, precisamente mientras
reparte la correspondencia de aquellos que sí reciben cartas.
La vuelta de tuerca argumental de este cuento, pero no
el desenlace, es la decisión que Frosia toma para acabar con tanto
dolor. Pide a su padre, el ferroviario nostálgico, que envíe
un telegrama a Fedor y le haga saber que ella se está muriendo,
que debe volver enseguida. Y Fedor vuelve; en tren, naturalmente. No cree
lo que dice el telegrama pero, de todos modos, vuelve. Él también
la echa de menos aunque el lector no lo sepa porque el cuento está
narrado desde el punto de vista de Frosia. Fedor, el marido, que también
sabe echar de menos, es el modelo del otro tipo de personaje característico
de Platónov: el amante del progreso que supone la ciencia, la técnica
y la revolución, que vive con pasión mirando al futuro:
"Fedor escuchaba a Frosia y después le explicaba
sus ideas y proyectos: sobre la transmisión de la energía
sin cables a través del aire ionizado; sobre el aumento de la resistencia
de los metales gracias a un tratamiento con ondas de ultrasonidos; sobre
la estratosfera, que está a una altura de cien kilómetros
y en la que hay unas conducciones luminosas, térmicas y eléctricas
que pueden proporcionar al hombre una vida eterna; con todo ello el sueño
del mundo antiguo podría realizarse: Fedor prometió hacer
y pensar muchas más cosas por el bien de Frosia y, de paso, por
el bien de todos los hombres."
Fedor, a pesar de no tener tanta importancia en el cuento
comentado, es un personaje platonoviano ejemplar. Él, en tanto
que amante del progreso y la revolución, y Frosia, en tanto que
amante del amor, son el germen del Zajar Pavlovich de Chevengur, un hombre
con la capacidad de entender cualquier objeto metálico y capaz
de fabricar cualquier objeto artificial. Y también en su tendencia
a soñar despiertos, Fedor y Frosia son predecesores de Chepurni
y Kopenkin, que están comprometidos en el intento de construcción
del comunismo con unos campesinos pobres y analfabetos. Los campesinos
expulsan a los terratenientes y, como consideran que ya han organizado
una sociedad sin clases, esperan que el futuro llegue por sí solo.
Si Stalin hubiera leído esto, hubiera enrojecido. Pero si hubiera
visto que Platónov no sólo construye esta sátira
sino que además sus personajes llegan a la conclusión de
que es imposible la nivelación total de las personas debido a que
la fuerza de los hombres se debe, precisamente, al hecho de ser diferentes
entre sí, hubiera tenido un ataque. Stalin, que dedicaba tiempo
a informarse sobre lo que por si acaso producía la literatura
rusa, no fue capaz de entender que a pesar de las prohibiciones y las
deportaciones, Platónov siempre hablaría de la miseria y
de la búsqueda de la felicidad. Platónov y Stalin, dos seres
contrapuestos: Stalin convertía a las personas en tuercas, tornillos
y tenazas; Platónov amaba las tuercas, los tornillos y las tenazas:
las amaba tanto que las humanizaba.
Proscrito por la 'nomenklatura'
Platónov, antes de la guerra, ya era un proscrito
por parte de la nomenklatura. Después de la contienda, y debido
a su actividad patriótica durante el período bélico,
tenía la esperanza de que se le facilitarían las cosas y
podría ver publicado alguno de sus escritos. Además de algunos
trabajos que sí pudo llevar a cabo, publicó en el año
1946 el magnífico cuento "El retorno", donde se cuenta
precisamente la historia de un soldado que vuelve a su casa al término
de la guerra. La crítica oficial fue implacable con Platónov,
que por aquel entonces ya tenía que ganarse la vida como bedel
en el Instituto del Escritor. Después de la publicación
de "El retorno", su nombre desapareció de todos las revistas
y periódicos: volvía a ser un proscrito que, mientras barría
el patio interior del Instituto del Escritor, veía, en las ventanas
iluminadas, a sus colegas y tal vez a sus delatores, la mayoría
más jóvenes y con mejor suerte que la suya. Probablemente
estos escritores ni conocían a Platónov ni podían
citar, aunque fuera vagamente, ninguno de sus escritos. Estaba totalmente
silenciado. Así pasó sus últimos años. Andréi
Platónov murió en el año 1951 a causa de las secuelas
provocadas por las heridas de guerra que recibió en Checoslovaquia.
Dejó mucha obra sin publicar: novelas, guiones cinematográficos,
obras de teatro, cuentos, ensayos, artículos...
Poco a poco, sin hacer ruido tal y como a él
le gustaba vivir, la obra de Platónov se está dando
a conocer en todo el mundo a pesar de su fama de escritor difícil.
A propósito de Platónov se ha dicho que no hay libros aburridos
si el lector sabe buscar en ellos el sentido de la vida: los libros aburridos
son producto de los lectores aburridos. Platónov es a veces difícil
nunca en los cuentos, en todo caso en las novelas porque obliga
al lector a participar en su creación y a seguir todos y cada uno
de los meandros que él ha explorado en el momento de crear la obra.
Para acabar, tomo del escritor Vitali Chentalinski, admirador
de Platónov, una idea en forma de fábula:
"En un patio interior de Moscú, un niño
corre, juega con una pelota, alborota y molesta a una dama del segundo
piso que está leyendo la última novela de Erich Maria Remarque.
En ese mismo momento, Erich Maria Remarque está
en su chalet de Suiza, sentado en su mecedora, reflexionando sobre la
vida.
"No he vivido en vano", piensa Erich Maria Remarque.
"He escrito algunos buenos libros, soy conocido en el mundo entero
y he luchado contra el fascismo. Aun así, ¡Hemingway escribe
mejor que yo!"
Mientras, Hemingway está en el Caribe, con los
pies, calzados con unas sandalias, sobre el puente de su embarcación,
la gorra calada hasta los ojos, la pipa entre los dientes, la caña
en el agua esperando a que pique el mayor de todos los peces.
"Caray", piensa. "¡He vivido como
un hombre de verdad! He trabajado como un burro, he luchado contra el
fascismo y he tenido de todo en cantidad, incluso en exceso: gloria, mujeres,
dinero... He cazado elefantes y rinocerontes. Aun así... ¡Platónov
escribe mejor que yo!"
En aquel preciso instante, en el patio interior de aquel
edificio de Moscú, Andréi Platónov persigue con una
escoba al niño que juega con la pelota, alborota y molesta a aquella
dama del segundo piso que está leyendo la última novela
de Erich Maria Remarque."
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