lateral


mayo 2000
Nº 65

home

 

PERIODISMO

Una piedra en el fangal
CHARO GONZÁLEZ PRADA

En el verano de 1997 la prensa dio carta de naturaleza a una supuesta red internacional de pederastas con sede en Barcelona. Arcadi Espada analiza el caso de aquella trama mediática que se llevó por delante la dignidad de muchas personas reales. Raval (Anagrama) es un libro sombrío y terrible, sin respiro, como corresponde a la narración de una infamia.

Una de las máximas del periodismo suele ser no hacer literatura. La máxima debería ser no usar en vano la palabra literatura. "No apresurarse a pronunciarla", anota Camus en sus Carnets. No parece que a estas alturas haya que defender que el periodismo es un género literario que trata de la verdad, pero a veces importa señalar lo que es obvio. Para quienes buscan ese género allí donde comúnmente se le supone, conviene recordar la aparición reciente de Raval. Del amor a los niños, el último libro del periodista Arcadi Espada.

Raval es la historia de una conjura de incompetencias "a partir de una pequeña arena de verdad, como hay siempre en las mentiras". A veces la infamia no es más que eso, una conjura de incompetencias. En junio de 1997 los medios de comunicación desvelaban la existencia de una red internacional de pederastas que tendría su sede en el Raval barcelonés, un barrio castigado de antiguo por la miseria.

La policía era la única fuente de la noticias: es la rutina de la profesión. No hay nada malo en las rutinas siempre que las rutinas no padezcan esclerosis, porque es difícil percibir la verdad cuando se dan demasiadas cosas por sentadas. Mientras duró el caso, los policías redactaron los periódicos y el juez sancionó lo que los periódicos decían. La pequeña arena de verdad era la existencia de dos paidófilos: lo demás, padres que prostituían a sus hijos, un político socialista implicado, una madame de burdel de altos vuelos y desde luego las conexiones internacionales, nada.

 

ladillo

Queda un sumario descomunal lleno de pruebas que no sirven para inculpar a nadie, ni siquiera con la cobertura científica de los informes psicológicos. La red se había formado en la mente de un inspector. El policía "quiere ganar, como todos. Necesita convencerse y convencer a los demás de que el mal no tiene fondo". Pero la fe nunca es entera, hay que sostenerla continuamente: total, un pederasta es un tipo sin un mínimo frente de defensa moral, atenta contra el niño ­ese dios de nuestro tiempo- y sus sagrados derechos. En nombre de esos derechos, todas las manipulaciones son posibles, así que los interrogatorios a menores sin la presencia de sus familiares dieron fruto, y nadie quiso pensar que el miedo no es precisamente una emoción inocente. Los niños aprendieron a no contradecir las esperanzas de sus protectores y acabaron en las fauces de psicólogas expertas en rebañar el alma de los niños. Surgían contradicciones, claro, pero lo que cierra el paso abre el camino, y en el del bien justiciero todos los medios son legítimos. Eso tiene un nombre que Espada acaba por pronunciar: "A partir de un determinado momento, el bien actúa con total independencia de las exigencias de la verdad, en una región soberana donde traza sin más jurisdicción que la emanada de sí mismo las leyes y los hechos. Sí, el fascismo". Víctimas e implicados se multiplicaban, hasta que hubo un momento en que la vuelta atrás era imposible: la red era ya una realidad y sólo cabía engordar la mentira.

No hubo siquiera un cerebro oculto: no habría sido tan inquietante si lo hubiera habido. No hubo más que incompetencias. Bastaba con una lectura atenta, como la que se va desvelando, implacable, en este libro. Espada tiene una querencia antigua por Valery: cuando flojea la sintaxis, flojea la moral. Así, a golpe de gramática, se desmorona el sumario y van quedando al descubierto los inocentes detenidos, los niños apartados de sus familias, la ficción de las víctimas.

A policías y periodistas ­dice el autor- les hubiera bastado con poner un pie en la intemperie para desmontar sus conclusiones, pero hace mucho que los periodistas sólo pasean por los terrenos enmoquetados del bien. Los pederastas pertenecen a esos grupos que provocan repugnancia social, de antemano colocados en las aceras del mal. Hace unas semanas, un supuesto ataque skin que habría dejado a una joven tetrapléjica desató el miedo en Barcelona. Era una información filtrada por la policía y se descubrió falsa a los dos días, pero la joven tetrapléjica existió durante dos días gracias a los medios de comunicación. Con una perfección circular, la noticia llegó a revertir en la misma policía, y un periódico de la ciudad podía escribir al tercer día que "la policía de Barcelona decidió ayer dar por acabada la búsqueda de la joven". No cabe más realidad. La estampa de la policía buscando a la víctima que ella misma había creado merecería figurar en un manual de periodismo para ilustrar con la fuerza de la concreción la teoría de que los medios crean la realidad. Merecería también figurar como mérito personal en el expediente de algunos dirigentes policiales, a mayor gloria de su talento creador: les catapultaría a la fama ­esta vez sí- y les quitaría el sinsabor de tantos esfuerzos malogrados en pos de la fallida red pederasta. Un columnista justificaba la buena fe de los periodistas que habían refrendado la información: el skin es el mal y la policía es el bien, así que los muchachos ­buenos chicos- se dejaron llevar por la lógica de las cosas. Siempre hay una filosofía para la falta de coraje, pero ni la lógica tiene que ver con la moral ni la verdad resplandece siempre junto al bien, y no es la razón, sino la verdad, el terreno del periodista.

No es la primera vez que Espada hace del libro el territorio del periodismo, porque tiene sus dudas acerca de que los códigos deontológicos, tácitos o explícitos, garanticen la exhibición pública de la verdad o de que las rígidas convenciones del estilo periodístico ­el blindaje del periodista, al fin- permitan siempre llegar a la auténtica naturaleza de las cosas. Los periódicos actuales no suelen investigar la verdad más allá de donde conduce el foco del mercado, y a Espada le gusta trabajar fuera de foco, un lujo que todavía podría permitirse el periodismo escrito frente a los medios audiovisuales. En este caso, la luz se proyectó sobre un barrio pobre y una pobre gente, se alejó cuando más lo necesitaban y dejó allí la infamia convertida en un hecho, porque la prensa no rectifica: "Un hecho nunca se niega, sólo se disuelve".

 

ladillo

Pero el territorio del libro no es fácil. Sánchez Ferlosio, en su artículo inmenso ­en todos los sentidos inmenso­ "Una crónica excepcional (elogio y glosa)" alerta de que el libro no debe ser leído como una novela: los hechos que narra son reales y no hay que olvidar eso. Tampoco es un reportaje: es un libro escrito sin referencias, sin un patrón estilístico, y eso hace su estilo más poderoso y retador. Pocos libros sobre hechos reales se escriben con el rigor que debiera ser santo y seña del periodismo, y es fácil que el autor se acueste y se levante con sus personajes, dando por verdadero lo verosímil, como si el formato del libro permitiese difuminar la frontera con la literatura de ficción, que algunos consideran la literatura sin más. El libro está escrito en primera persona, es cierto. He leído que eso lo convierte en un ejercicio de dandismo: se refieren a momentos como aquel en que el autor analiza si su inteligencia está o no a sueldo de sus emociones o aquel otro en que describe sus mañanas de verano en la piscina. Espada afirma desde el principio que no pretende meterse en la piel de los personajes, por eso las incursiones autobiográficas tienen una pretensión: que se sepa quién es el autor y de dónde viene, alguien que respiró en aquellos días el agrio perfume de la miseria, pero que no viene de la miseria. Cuando la explicación del periodista es, como aquí, fundamental, importa que la primera persona salga a escena. Raval es un libro enérgico, pero la energía no le viene del tono ­la voz que narra es una voz en sordina- sino de la potencia del discurso y del manejo eficaz de la metáfora insólita.

La obra de Espada es ambiciosa, no tiene vocación de crónica provincial, porque las grandes verdades son universales, y el mal que se desencadena en nombre del bien o cómo las rutinas periodísticas acaban creando realidad son verdades de ese tipo. Aun así, el libro tiene una lectura en clave catalana, porque el autor quiere mostrar también que "buena parte de la miserable autosatisfacción de la sociedad catalana tiene que ver con la tibieza de baño maría de su prensa". Espada ya había embestido contra el acriticismo catalán en su obra anterior (Contra Catalunya, Flor del Viento, 1997), y ahora sale al paso de esa leyenda que complace a muchos de sus colegas y que define Cataluña como un oasis deontológico. Prefiere manejar la imagen del fangal: una piedra lanzada en un oasis provocaría al menos ondas expansivas, mientras que el fangal la engulle sin dejar rastro. Todo lo más alguna burbuja, algún regurgitar que certifique la digestión, sea una reseña discreta o una palmadita en la espalda. Un libro que pone en cuestión el funcionamiento de instituciones básicas en una sociedad debería despertar un debate político y, sobre todo, un debate periodístico, porque la hipótesis de que éste sea un caso aislable resulta consoladora, pero poco convincente.

Hace unas semanas, Espada se sometió a las preguntas de estudiantes de periodismo que habían leído su libro como ejercicio de clase. Creo que los ánimos estaban divididos entre la sospecha velada de defender la paidofilia y el halo romántico del periodista que se enfrenta al mundo blandiendo la verdad. Como al asno de Buridano, la disyuntiva no les dejó reaccionar y ni siquiera llegaron a cuestionar con la agresividad que el caso requería la ruptura en el libro de casi todas las convenciones del estilo periodístico. Espada no quiso abusar y no llegó a enfrentarles con la lección más dura que él imparte a sus propios alumnos: que muchos días el periodista sabe que no sabe y que es su obligación que el lector sepa que no sabe. El mandato del periodista consiste en explicar la verdad hasta donde la verdad pueda ser abarcada, porque los hechos no tienen versiones y porque la versión es un eufemismo que sirve en realidad para "disimular los fracasos con ejemplaridad".

El libro se presentó en una rueda de prensa, y algunos colegas quisieron salir al quite de la ofensa gremial: la noticia surgió de noche, era verano, las prisas. Otros callaron, quizá porque advertían que explicar esta historia por el calor sólo significaría un cambio accidental y no sustancial en la indignidad. En cuanto a las prisas -ah, las prisas-, el autor esgrimió una de sus citas favoritas: "Con cinco minutos más, todos los periodistas somos genios". Lástima que el periodismo consista precisamente en trabajar sin esos cinco minutos. Aquella misma noche el libro se presentaba en un bar del Raval, auspiciado por el escritor Juan Goytisolo. La atmósfera era sofocante porque no había más remedio que respirar sobre el cogote ajeno, pero valía la pena ver cómo la emoción de los afectados y la indignación de los vecinos del barrio se codeaba con la crema intelectual de la ciudad. La estampa daba para hacer literatura de la buena, pero ningún periódico la describió a la mañana siguiente.