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febrero 2000
Nº 62

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crónica

Bab-Berred, un lugar del Rif
LORENZO SILVA

Bab-Berred resulta ser un pueblo bastante desangelado, levantado sobre la ladera de un monte, a unos 1.200 metros sobre el nivel del mar. Las elevaciones de los alrededores están discontinuamente cubiertas de bosques, pero el monte sobre el que han construido el pueblo apenas conserva una treintena de árboles. El resto es un arenal anfractuoso sobre el que se amontonan las casas. Entre ellas se cruzan tortuosas calles pésimamente asfaltadas (las menos) y simples caminos asolados por la escorrentía (las más). Este lunes reina en el pueblo una actividad de hormiguero. Al parecer hay zoco. Desde la carretera vemos la explanada donde se colocan los tenderetes y a un lado una multitud de burros amarrados. Aquí todavía son de utilidad estos animales, y al encontrarlos por todas partes, ya sea transportando carga o llevando a sus dueños, ya sea amarrados y pensativos junto a una valla o una estaca, nos damos cuenta de lo inusuales que se han vuelto en el campo español, donde han sido reemplazados por toda una legión de máquinas, desde la minifurgoneta al ciclomotor.

El zoco es toda una institución social marroquí. Es un mercado, pero también es más que un mercado. El lugar donde se celebraba el zoco ha terminado convirtiéndose muchas veces en un pueblo, que conserva después el nombre del zoco correspondiente. Por todo Marruecos hay lugares que se llaman Zoco et-Tleta, Zoco el-Arbaa, Zoco el-Jemis, Zoco es-Sebt, Zoco el-Had (o lo que es lo mismo, mercado del martes, miércoles, jueves, sábado y domingo, respectivamente). El zoco de Bab-Berred, ya que hoy es lunes, sería Zoco et-Tnin. Para distinguirlos unos de otros, se añade el nombre de la región: Zoco el-Jemis de Beni Arós, Zoco et-Tleta de Uad Lau, etcétera. El zoco era el único lugar donde se podía comprar y vender, lo que en Marruecos siempre quiere decir discutir, pero por muy enfervorizada que pueda llegar a ser una transacción comercial entre marroquíes, otro principio básico en el zoco es que en él se respeta a todo el mundo, y nada hay más reprobable que alzar la mano contra otro en ese lugar. Un crimen cometido en el zoco era un crimen con la máxima agravante. Incluso los hebreos, siempre tolerados pero despreciados por los rifeños, gozaban de inmunidad allí, aunque no tenían fama de ser mercaderes honestos. Y allí era donde se celebraban también las conferencias y se urdían las conspiraciones. El golpe contra los españoles de 1909 se decidió en el zoco.

La carretera se llena de socavones y de coches desvencijados al atravesar Bab-Berred. Nos vemos obligados a avanzar a diez por hora y a parar frecuentemente. Los burros, los niños, y también hombres y mujeres lentísimos se cruzan en nuestro camino. En seguida se percatan del pasaje peculiar que viaja a bordo de nuestro coche. Por un lado, Hamdani, imperturbable con su traje, su camisa blanca y su corbata, y por otro los tres españoles, medio derretidos y descamisados. Aprieta el calor en Bab-Berred, y por quinta o sexta vez en nuestro viaje pienso que debería decirle a Hamdani que no es en absoluto necesario por nuestra parte que lleve siempre el traje y la corbata. Pero se me ocurre que ni siquiera sé si ésa no es su manera de defenderse del calor (debajo de la camisa lleva aún una camiseta) y que también puede considerar una impertinencia que me meta en cómo debe ir vestido. Hacerle alguna sugerencia en ese sentido implicaría suponer que se viste así por nosotros, cuando a lo mejor lo hace por sí mismo, por su idea de deber como conductor, o porque la empresa para la que trabaja le obliga y no le consentiría que dejara de hacerlo. De modo que evito una vez más el asunto. Pequeñas gotas de sudor perlan su frente mientras maniobra entre la multitud de Bab-Berred, pero no despide ni el más mínimo olor. Si yo llevara toda la ropa que él lleva apestaría como un cerdo. El abuso diario del gel dermoprotector, sospecho, sintiéndome un poco vil y culpable.

Nos mira mucho y además muy fijamente la gente de Bab-Berred, mientras Hamdani los sortea, buscando un lugar donde comer. Atravesamos de punta a punta el pueblo, que por doquier ofrece idéntica sensación de miseria y desorden. No parece que Hamdani encuentre nada que le convenza pero, cuando ve que el pueblo se le acaba, da media vuelta y regresamos al centro. Aquí nos señala un local a cuya entrada hay una parrilla humeante. El olor a carne quemada llega hasta nosotros. Es uno de los aromas que componen la intensa y caliente atmósfera de Bab-Berred.

­Voy a ver ­dice, y saca el coche a la cuneta.

Hamdani se toma unos cinco minutos, durante los que vemos pasar a toda clase de gente por nuestro lado. Algunos niños se quedan mirando, los hombres ociosos de siempre nos vigilan sin moverse de sus apostaderos, las mujeres nos observan de reojo al pasar, y algunas se ríen. Supongo que tres españoles cocidos en un coche en mitad de Bab-Berred son para ellas motivo de hilaridad semejante al que para nosotros suelen ser esos lechosos suecos y alemanes achicharrados por el sol que boquean penosamente en nuestras playas. Al fin vuelve Hamdani y nos anuncia:

­Podemos comer aquí.

Deja aparcado el coche un poco más allá, no demasiado cerca del lugar donde vamos a comer. Bajamos y caminamos entre la gente. Si en el coche ya éramos raros, andando entre ellos nos sentimos como marcianos. Siempre me sorprende que cosas tan irrelevantes como una piel un poco más pálida y una determinada ropa puedan hacer tan diferentes a seres que apenas se distinguen en nada esencial. ¿O sí nos distinguimos? Ellos, al menos, así parecen creerlo. Lo que sí es cierto es que nuestra vida y la vida que viven en Bab-Berred no son comparables en más de un aspecto. El lugar donde vamos a comer tiene a la puerta un mostrador con trozos de cordero de un color rojo vivo pero también un tanto negruzco. Debo hacer un mohín sin darme cuenta, porque Hamdani me dice, avergonzándome:

­La carne está buena. Yo sé distinguirla y la voy a elegir. Pueden confiar.

Y se pone la mano en el pecho, para reafirmarlo. Asiento, de la manera más convincente que puedo, y pasamos al interior. En seguida nos despejan una mesa, nos sentamos y aguardamos a que Hamdani haga el pedido. Ni siquiera mostramos tal o cual preferencia. Esto es Bab-Berred y comeremos lo que haya. Para beber sí que nos preguntan. Hay publicidad de Fanta y de Coca-Cola. Los tres pedimos té.

Mientras aguardamos a que venga la comida, me fijo en el local. Su decoración es una mezcla de elementos de diversas procedencias y épocas, ninguna reciente. En un lugar preeminente, como en todos los locales de Marruecos (hay una ley que obliga a ello) se ve un retrato del rey. En éste aparece con chilaba blanca y fez rojo, pero en otros viste a la occidental, de militar o incluso con uniforme de jugador de polo. El sitio no es demasiado luminoso, no hay manteles y las mesas de plástico se mezclan con sillas metálicas. La necesidad y el aprovechamiento de cualquier medio disponible son los únicos criterios. En Bab-Berred no tienen futuro los decoradores.

 

Un paraíso para los 'gourmets'

La comida resulta estar deliciosa. Son trozos de cordero especiados y asados a la parrilla y unas patatas fritas que nos devuelven el placer por este manjar, casi olvidado tras la generalización de esa basura congelada que sirven en las cadenas europeas de fast-food y de la porquería rutinaria que administran en muchos restaurantes españoles. El secreto, aparte del material natural, está en el aceite. Nos lo dice Hamdani:

­Aceite de oliva puro, y siempre nuevo.

En las costumbres de estas gentes conviven siempre la escasez y la generosidad. Puede ser un lugar humilde, pero no requeman el aceite. Lo consideran una grosería hacia el huésped, el único ser realmente sagrado en estos parajes. El té también llega, como siempre, en tetera de plata. Hamdani lo sirve mientras los tres pensamos si alguna vez seremos capaces de reproducir sus golpes de muñeca al cortar el chorrito.

Terminamos plácidamente nuestro almuerzo, sabroso y reparador, y apuramos los últimos vasos de la tetera. Eduardo recuerda un dicho del desierto que le enseñó un guía tuareg en Mauritania. Según él, había que tomar siempre tres vasos, y cada uno de los tres vertidos era diferente. El primero, que no ha cogido bien el azúcar, es amargo como la vida. El segundo, que ya se ha impregnado lo suficiente, es dulce como el amor. El último, que sólo tiene los últimos restos del sabor del té, es suave como la muerte. Bebemos también nosotros nuestros tres vasos y nos disponemos a reanudar la ruta que nos lleva hacia el oeste, que también es un morir.

Antes de salir de Bab-Berred, paramos en un recodo del camino y contemplamos el pueblo entre las montañas. El ajetreo del zoco, la humareda de las parrillas, la gente pululando por la calle. Incluso en esta cuneta a la salida del pueblo hay gente sentada, o parada, que nos mira mientras miramos. No podemos dejar de apurar hasta el final este trozo de vida secreta del Rif. Aquí nunca vendrán los turistas, ni levantarán hoteles. No hay monumentos, no tiene historia, no se puede hacer nada más que mirar a esta gente que te mira y que quizá no te comprende, como quizá nosotros nunca los comprenderemos a ellos. Están perdidos en mitad de las montañas, donde sólo se llega por azar o por equivocación. Bab-Berred, le digo a Eduardo, he aquí el lugar para la mejor fotografía del viaje. Posamos y mi hermano dispara. Es posible que no volvamos nunca (o quizá sí, quizá nos empeñemos en hacerlo un día, otra vez los tres, cuando seamos viejos y nostálgicos). Mientras tanto, tendremos en la fotografía un trozo de cielo, un trozo de montaña y la imagen del pueblo. Bab-Berred, un lugar del Rif.