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julio
- agosto 1999
Nº 55/56

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Sin Ficción
La ESO, luces y sombras
LUIS GÓMEZ LLORENTE
Uno de los grandes retos de la reforma educativa
es evitar la discriminación entre el alumnado. Pero ¿cómo
llevar a la práctica este buen propósito? Continuando el
debate sobre la ESO, ofrecemos la opinión del profesor Luis Gómez
Llorente, quien comenta los desajustes provocados por la distinta aplicación
de este punto en los centros públicos y los privados.
La LOGSE rige en todo el Estado, pero su desarrollo normativo
y aplicación práctica difieren notablemente entre las distintas
comunidades autónomas. Por ello, acaso sea un poco temerario escribir
desde Madrid un artículo sobre la ESO para una revista que se edita
en Barcelona. Sin embargo, valgan estas palabras al menos como testimonio
de un profesor que vivió como joven profesional en ejercicio la
reforma educativa de 1970 (Ley Villar) y que, próximo a su jubilación,
pone en práctica cada mañana en el aula la nueva reforma
educativa (Ley Solana). Digo esto porque teorizar sobre la LOGSE es una
cosa, y otra bien distinta es bregar en el aula para intentar realizar
lo que a veces es inviable.
El corto espacio disponible obliga a sintetizar mucho seleccionando sólo
cuatro apuntes.
Lo positivo de la ESO
La Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO) es lo más novedoso
de la LOGSE. Se inspira en un ideal igualitario de reequilibrio de las
desigualdades sociales, así como de homogeneización cultural
de la sociedad, ideales con los que genéricamente debemos identificarnos.
La ESO prolonga la enseñanza gratuita y obligatoria hasta los dieciséis
años. Tan largo período escolar obligatorio pretende conseguir
un alto nivel de formación común a toda la población,
lo cual en teoría debiera suponer un considerable grado de homogeneización.
Asimismo, el carácter polivalente de su titulación abre,
en una edad que debiera ser ya más responsable, todas las puertas
hacia una ulterior formación específica. En el peor de los
casos (no obtención de los objetivos mínimos de la etapa),
da acceso a la iniciación profesional o a la garantía social.
En el tardofranquismo toda la progresía criticaba la vigente Ley
Villar (1970) por ser discriminatoria, porque la antigua EGB bifurcaba
a los alumnos a los catorce años en dos direcciones: bachillerato
o formación profesional de primer grado (la denostada FP), haciendo
de la escuela un mecanismo reproductor casi exacto de las desigualdades
sociales de origen.
Ustedes recordarán, por ejemplo, la alternativa para la enseñanza
del movimiento Rosa Sensat, de Barcelona, reclamando una nueva reforma
de carácter menos discriminatorio.
El gobierno de Felipe González acometió la reforma educativa
mediante dos grandes leyes: la LODE (Maravall) o ley de democratización
de los centros escolares, que introducía un sistema participativo
-que sin embargo no ha dado todos los frutos esperados-, y la LOGSE (Solana)
o ley de reforma de los planes de estudio.Es necesario reconocer también
que se incrementaron de manera significativa los presupuestos de educación.
El gasto público en este apartado (teniendo en cuenta todas las
administraciones) aumentó de 608 miles de millones en 1982 a 3.040,9
miles de millones en 1984.
Lo negativo de la ESO
El mal no está en la norma básica. El mal radica en algunas
normas reglamentarias y en las condiciones reales de su implantación.
Lo más peligroso de la ESO es que si no se resuelve bien la atención
a la diversidad de los alumnos, puede dar al traste con la escuela pública.
Pretender que todos, hasta los 16 años, reciban una enseñanza
similar es un bello propósito que merece incluso que se sacrifiquen
otras cosas a su servicio. Pero implantar la escuela comprensiva en una
sociedad tan desigual como la nuestra conlleva enormes dificultades. La
educación, en su sentido más amplio -familiar, ambiental,
escolar-, determina que los niños desarrollen muy desigualmente
sus capacidades intelectuales y morales para el aprendizaje.
Antes esta cuestión se resolvía aplicando desde temprana
edad una escuela distinta para los que la sociedad había hecho
distintos. La ESO pretende ser una escuela única (aunque se rehúya
la palabra para no escandalizar) hasta los 16 años. Pretende que
la escuela iguale en todo lo posible aquello que la sociedad ha hecho
desigual.En teoría, perfecto. En la práctica, están
fallando los recursoso necesarios para que esa delicada y costosa pedagogía
funcione. La doctrina oficial establece que la atención a la diversidad
debe hacerse en el aula, y sólo bajo condiciones muy singulares
y de aplicación tardía acepta un régimen de diversificación
en el centro (grupos especiales, programas diferenciados).
El profesor se las ve y se las desea ante grupos en ocasiones muy heterogéneos
-tanto en conocimientos como actitudes-, lo que supone un freno considerable
en cuanto al nivel y ritmo de la materia, amén del tiempo y la
energía que gasta en meras cuestiones de orden.
En los colegios públicos el criterio de la atención a la
diversidad se aplica más intensamente. Los colegios privados, al
amparo de la autonomía de los centros (y del poder patronal que
conservan incluso los concertados), hacen de su capa un sayo. Tienen un
régimen de admisión y exclusión de alumnos más
favorable a sus propósitos, y manejan la optatividad, así
como las enseñanzas complementarias y extra-escolares, configurando
un modelo más selectivo.
En estas condiciones, es previsible el desplazamiento de los alumnos más
competentes hacia el sector privado. El problema reside en aquellos que
no pueden acceder a ellos y tienen que conformarse con una escuela pública
de inferior calidad, y en la decepción de muchos profesores del
sector público, que perciben la ostensible decadencia de sus institutos.
La doctrina neoliberal, que pone todo su énfasis en la libertad
de elección de centro, legitima en estas circunstancias la progresiva
redualización del sistema escolar. Precisamente lo contrario de
lo que se pretendía con la reforma.
Algunas correcciones
No se trata de renunciar a la escuela comprensiva, sino de aplicar la
comprensividad aquí y ahora hasta donde sea compatible con los
demás fines esenciales de la escuela.Anteponer en las escuelas
públicas el fin de igualación social a toda costa, existiendo
otras escuelas privadas igualmente gratuitas y, de hecho, selectivas,
es un contrasentido. Conduce a la degradación de las escuelas públicas
y a la reaparición de la desigualdad escolar a través de
la escuela privada.
Ni la escuela puede hacer milagros ni el profesor es un taumaturgo. La
capacidad de la escuela como elemento de reequilibrio social es limitada.
Resulta cínico aceptar una sociedad de clases generadora de tremendas
desigualdades y remitir a la escuela la misión salvadora de erradicarlas.
Es suficiente con que intente paliar las desigualdades de origen y no
sea, como antes, un mero mecanismo reproductor.
El límite de las medidas igualitarias, la dosis de comprensividad
aplicable está en el rigor científico de la enseñanza
y en el ethos u orden escolar imprescindibles para mantener la calidad
del centro. Maquillar las estadísticas mediante aprobados y aceptar
como norma de convivencia la mera permisividad incontrolada quizá
disimule el fracaso escolar, pero implica el seguro fracaso de la escuela
pública.
Es preciso tener el valor de replantear la atención a la diversidad.
Rechazar con energía la diversificación por centros, a lo
que tiende prácticamente la política neoliberal de autonomía
del centro y libre elección de centro. Pero también reconocer
los límites de la atención a la diversidad en el aula. Entre
la diversificación del alumnado por centro, y la atención
a la diversidad en el aula, queda la atención a la diversidad en
el centro.Este reto supone estar abiertos al debate de posibles ramas
o itinerarios en el segundo ciclo de la ESO y discutir con criterios pedagógicos
y sin prejuicios la existencia de unidades de diversificación curricular,
manteniendo, sin embargo, la unidad y polivalencia del título.
Asimismo, sería conveniente asegurar la calidad y efectividad de
la iniciación profesional y de la garantía social, exigiendo,
ante nuevas propuestas, que sean globales, que no se limiten a apartar
o segregar a los que necesitarían una mayor atención y dársela
a éstos en verdaderas condiciones de aprovechamiento.
Ante la desigualdad de condiciones severas, persistentes y notorias, empeñarse
en dar tratamientos inoperantes no es lo más progresista; lo apropiado
sería exigir medidas enérgicas de tipo compensatorio que
permitiesen la reincorporación ulterior del alumno a la marcha
escolar ordinaria o a la actividad productiva, en condiciones efectivas
de seguir unos estudios o de encontrar un empleo cualificado.
Municipios y escuela
Cada vez se encomiendan más tareas a la escuela. Se incluyen nuevos
contenidos que van desde la educación sexual hasta la formación
vial. La escuela debe, además, educar para la paz y crear buenos
ciudadanos.
También se habla de manera explícita de la custodia de los
escolares. Hay centros donde a las siete de la maña los padres
dejan a sus hijos medio dormidos para irse a trabajar. Lógicamente,
hay que darles el desayuno: retorna, con nuevos modos, la cantina escolar.
Otros muchos niños y adolescentes carecen en sus casas de un lugar
y ambiente adecuados para estudiar. Hay que facilitárselo. Un factor
serio de competitividad entre los colegios es la capacidad para retener
y entretener provechosamente a los escolares en horas y días no
lectivos.
La atención a tan diversas circunstancias no se puede llevar a
cabo con el mismo personal y recursos de años atrás. Las
nuevas necesidades no sólo requieren más profesores, sino
la incorporación de otro personal especializado de apoyo, así
como de servicios locales permanentes que proyecten y realicen su actividad
hacia y en las escuelas.
Conviene tener en cuenta que muchas de las atenciones o prestaciones son
peculiares de cada escuela o instituto. Su programación resulta
difícil desde las autoridades centrales, y tampoco debieran quedar
a merced de la mayor o menor capacidad de iniciativa del director-funcionario
de turno, que es simplemente otro profesor al que se le disminuyen unas
horas de clases y se le sobrecarga de obligaciones administrativas.
Existe, en cambio, una administración local, municipal, que debe
ir tomando cada vez mayores responsabilidades en la escuela. Los ayuntamientos
pueden y tienen que cooperar con los centros escolares en todo lo que
se refiere a las actividades paraescolares y a los servicios complementarios.
De ese modo, pueden hacer una tarea muy eficaz de redistribución
de la renta. Comedores, bibliotecas, material escolar, deportes y animadores
sociales que optimicen el uso de las instalaciones en días y horas
no lectivas. Los municipios pueden crear escuelas infantiles, de idiomas,
de música y de formación profesional permanente y de adultos.
El ayuntamiento tiene un puesto en el consejo escolar de cada centro y
puede instar la creación de consejos de distrito y consejos locales:
si en ellos aportase iniciativas, impulsaría la participación
en cada centro y la cooperación entre los mismos.
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