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diciembre
1998
Nº 48

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cine
Nani Moretti
Un paseo en vespa por la vida
JOSÉ ANGEL ALCALDE
En Abril, segunda entrega del diario íntimo
iniciado hace cinco años con Querido diario, el cineasta italiano
Nanni Moretti sigue proponiendo una idea de cine hecho en primera persona
desde la modestia y la plena libertad, que muestra una intensa curiosidad
por la realidad. La levedad de la vida observada desde el asiento de una
vespa.
Al final de Querido diario, habíamos dejado
a Nanni recuperado de su enfermedad, después de su penoso peregrinar
por varias consultas médicas en busca de un diagnóstico
acertado. En Abril, el cuerpo gravemente enfermo es el de Italia y los
galenos encerrados en los compartimentos estancos de sus doctrinas son
los políticos, impotentes a la hora de emitir diagnósticos
y encontrar soluciones. Y dado lo grave de la enfermedad, no parece que,
como entonces, el remedio sea el más adecuado, puesto que el filme
comienza un 28 de marzo de 1994 con la victoria electoral del peor de
los médicos, Silvio Berlusconi.
En Abril Moretti alterna el seguimiento de la realidad política
italiana con el transcurrir de su propia vida a lo largo de los tres años
siguientes, hasta poco después de abril de 1996, fecha en la que
coincidirán dos hechos significativos para el cineasta: el nacimiento
de su hijo Pietro y la victoria del Olivo en las elecciones. Moretti siempre
ha construido su cine a partir de las relaciones entre esfera privada
y esfera pública, entre interioridad y realidad social, entre conflictos
psicológicos y conflictos políticos, dando muestras de su
capacidad de proyección sobre el momento histórico, político
y social. Desde sus primeros filmes -revisión de los mitos, las
frustraciones, los símbolos y los lugares comunes de su generación-
a La misa ha terminado y Vaselina roja, donde interpretaba a dos arquetipos
de la cultura italiana -el cura y el comunista- o a La Cosa, documental
sobre el proceso de suicidio del PCI y disolución en el PDS, Moretti
ha seguido una línea de actuación propia de la cinematografía
transalpina como espacio de cuestionamiento de la realidad. Esto hizo
que se le acabase viendo como el único director capacitado para
contar Italia, último resistente ante la omnipresencia del espacio
televisual, ejemplo del cineasta con posicionamiento moral -en la línea
de Rossellini y Pasolini-, la conciencia del cine italiano.
Nuevos caminos
Es fácil deducir que esta caracterización, que parecía
poner barreras a un cine marcado por la pretensión de acercarse
al mundo desde un espacio propio, llevase a un Moretti siempre ansioso
por poner en tela de juicio su propio credo a sentir la necesidad de buscar
nuevos caminos. Ya en Vaselina roja, en donde apuntaba su madurez como
cineasta y su dominio de la puesta en escena, daba salida a su insatisfacción,
ponía punto final a una época -despidiéndose del
irascible, neurótico, solitario y moralista Michele Apicella, su
alter ego cinematográfico-, reclamando una relación más
desenvuelta con la realidad. En la buena marcha de la Sacher, su compañía
de producción, distribución y exhibición, encontró
el clima necesario para poder asumir intensamente su antiguo proyecto
de reivindicación de la autarquía y la autosuficiencia como
base para construir un cine más libre, alejado de las normas a
las que obliga la producción estándar.
En Querido diario, primer paso por este camino, retornaba a la lógica
de los formatos amateurs con los que comenzó su carrera, y descubría
en el diario personal el marco adecuado para su renovación, dada
su forma abierta y la ausencia de límites formales. Moretti, consciente
de que vivimos en un período de derrumbe de las grandes certezas,
proponía prescindir de los grandes temas para hablar de la realidad,
partiendo de cosas mínimas, privadas, de sí mismo. Sin abandonar
su mirada moral, recurriendo a la escritura en primera persona, conseguía
pergeñar a través de sus periplos en vespa por Roma, en
barco por las islas Eolias o por las consultas médicas, un retrato
nada complaciente de la Italia contemporánea, como país
fragmentado, dominado por la televisión y en pleno desconcierto
ideológico.
Abril es un paso más en la línea marcada por su anterior
filme: película familiar, interpretada por su mujer, su hijo, su
madre, así como por amigos y colaboradores, que trabaja materiales
que parten tanto de la realidad política italiana como de la profesional
y personal del director. Moretti nos muestra sus sentimientos hacia lo
que ha ocurrido en su país en los últimos años. El
filme va desgranando la perplejidad de Nanni ante una política
devenida espectáculo televisivo, hecha por puro interés
individual y que no pretende más que la gestión o la corrección
de lo existente, ante el proceso de homogeneización de los partidos,
ante la falta de ideas, ante la pasividad y la poca presencia de una izquierda
que calla y concede a la derecha. Pero Moretti no dirige sus invectivas
solamente a la clase política sino también a los periodistas,
a cierto cine americano, a los diseñadores, a la artista francesa
Orlan, incluso parece reírse de su postura excesivamente rigorista
ante la vida y el cine.
Frente esa realidad Nanni el cineasta intenta, movido por la curiosidad
pero también por su sed de moralidad, rodar un documental sobre
las elecciones de abril de l996. Moretti filma así de una manera
magistral la dificultad y la necesidad de hacer cine, de modo que Abril
va construyéndose ante nuestros ojos -se podría hablar de
work in progress ficcionado-: la búsqueda del tono justo para la
narración, su dificultad para encontrar palabras e imágenes
que capturen el flujo de la vida. En definitiva, sus dudas sobre cómo
acercarse a la realidad y cómo contarla, escindido entre la idea
del "deber hacer", esto es, realizar el documental, y su deseo
de otra relación con el cine, su necesidad de levedad, en forma
de proyecto de filme musical sobre un pastelero trostkista en la Italia
de los años cincuenta.
Cine desde la libertad
La solución llegará en abril, con la primavera. Si como
se afirmaba en Vaselina roja "para inventar un nuevo lenguaje es
necesario inventar una nueva vida", es evidente que el renacimiento
de su cine vendrá unido al cambio vital provocado por el nacimiento
de su propio hijo. Nanni, paseando sobre su vespa, se deshará de
todos los recortes recopilados para su filme político, y con ello
de la vacua palabrería de los periódicos, de las ideologías
que ocultan la falta de ideas, de las polémicas inútiles
y de los horribles personajes que pueblan la política espectáculo
italiana. Ese gesto es un deseo de liberación de todo lo que le
lastraba, de su manera de ver el mundo en negativo; como él mismo
concluye en el filme: "devo filmare quello che mi piace, non le cose
brutte". Moretti parece afirmar que más importante que el
propio filme es lo que va más allá de éste, en definitiva,
la propia vida, y con ella un cine hecho desde la libertad, que invente
nuevos modos de producir y contar, que busque nuevas relaciones con la
realidad, que proponga nuevas miradas sobre el mundo. Nanni, al realizar
el musical en la última escena, nos demuestra su intención
de eludir la rigidez, la severidad, el "deber hacer" y el "deber
decir", a la búsqueda del placer de contar libremente, de
caminos más abiertos para un cine que desde la levedad no desdeñe
el tratar las cosas graves; en definitiva, su propio cine.
Moretti nos propone un cine sin constreñimientos, escrito en una
primera persona que no se dirige a ese ente abstracto llamado público
sino a todos y cada uno de los individuos que lo componen. Una idea de
cine europeo alejado de la retórica, de las producciones de diseño,
hecho desde la modestia y la inteligencia, desde la curiosidad y el cuestionamiento
continuo, y que nos demuestra que desde lo particular -individual o nacional-
se puede realizar un cine que sea entendido universalmente. Un cine simple,
lúcido y divertido, que es como una ráfaga de aire fresco,
un soplo de libertad. Como el viento que nos golpea el rostro cuando vamos
sobre una vespa.
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