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junio
1998
Nº 42

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reportaje
¿Cuánto vale la vida de un soldado
ruso?
SVIATOSLAV TIMCHENKO
Traducción de Ricard San Vicente
Alekséi Nóvikov, un joven de la región
cosaca de Krasnodar, padre de dos hijas, pensó que Chechenia lo
sacaría de apuros. Y se contrató de mercenario zapador.
Después de salir indemne de aquel baño de sangre, Alekséi
cayó prisionero, en circunstancias diríase que favorables.
Un día en el mercado le golpearon en la cabeza y Alekséi
perdió el mundo de vista. Volvió en sí en un poblado
perdido, ya sin uniforme, sin dinero y sin papeles. Por lo general, con
los mercenarios, los chechenos no se lo piensan dos veces: les cortan
la cabeza. Los odian a muerte, aunque en sus propias filas también
haya muchos mercenarios, profesionales y fanáticos, por lo común
turcos, azeríes y jordanos; pero también hay europeos: bálticos,
ucranianos e incluso rusos.
El propio Alekséi vio en Grózny cómo
trabajaba una francotiradora rusa. Un día, al bajar de los blindados,
un novato se plantó en medio de una plaza y recibió al instante
un tiro en una pierna. El tipo se retorcía y aullaba; un muchacho
fue en su ayuda y a éste ya lo tumbaron de un disparo en la cabeza.
El siguiente corrió la misma suerte... Los muchachos comprendieron
que se trataba de un francotirador armado con un fusil con silenciador.
La táctica no era nueva: El primer herido es el cebo y al resto
ya los dejan secos, difuntos que tienen un precio la pieza, que se cotizan
a cincuenta dólares el soldado raso, dos cientos un oficial o un
contratado, y unos cuantos quilos más por cada estrella en los
galones. Los chicos dieron con el francotirador, al cabo de un rato capturaron
a una muchacha de 25 años. Resultó ser rusa, de Riazán,
campeona de biatlón. Con unos ojos que parecían de plomo,
les dijo que había venido a ganarse una pasta. Y se la ganó.
Los muchachos la ataron por los pies a dos blindados y los carros arrancaron
cada uno por su lado...
El cautiverio de Alekséi empezó porque le
buscaron un hoyo del que sacaron a otro muchacho, un chico de Yekaterinburgo,
que llevaba allí varios días. Subieron al chaval, le abrieron
el vientre, le sacaron las tripas, llenaron el hueco de gasolina y le
prendieron fuego aún con vida.
En aquella fosa de metro por metro y tres de hondo Alekséi
pasó varios días. En todo ese tiempo sólo le echaron
una que otra torta de maíz. Alekséi cazaba ratas de campo
y, tras arrancarles la piel, se las comía crudas. Alekséi
aguardaba lleno de pánico a que se decidiera su suerte, y lo que
hacían con los suyos ya lo había visto con el chico quemado
vivo.
Pero tuvo suerte. A un checho le habían bombardeado
la casa. De modo que sacaron a Alekséi y lo pusieron a reconstruir
la casa. Por las noches lo encadenaban a una cañería y le
ataban un dogal de castigo, con las púas hacia dentro; sólo
podía dormir de rodillas.
Una noche hubo otro bombardeo. Los pilotos apuntaron a
la misma casa. Le dieron. El edificio se derrumbó por completo,
pero el preso salió ileso y se vio libre.
Como estaba, con la cadena en las manos y el collar en
el cuello, echó a correr hacia lo que creyó que era una
ciudad, esperando dar con los suyos, pero fue a dar con otro checheno,
Saíd. Y éste se convirtió en su nuevo amo. Saíd
era una persona sencilla y, lo más importante, era un buen hombre.
No lo encadenaba, le daba de comer y no lo maltrataba. El hermano de Saíd
incluso le propuso casarse con su hija de 18 años, aunque con una
sola condición, que Alekséi se convirtiera al islam y, como
era su costumbre, se circuncidara. Alekséi se negó.
Al cabo de una semana a ese mismo hermano de Saíd
lo detuvieron en un puesto de control. Saíd hizo subir en su coche
a Alekséi y se lo llevó para hacer intercambio. El prisionero
no se lo podía creer cuando vio a los suyos. A su encuentro salió
un capitán gordo que, tras observar a Alekséi, mirándolo
a los ojos, con cara de asco, lanzó un juramento y luego se dirigió
a Saíd diciendo: "¿Para qué coño me has
traído este pedazo de carne pensante? Ganado como éste me
sobra. Quiero vodka. Tráeme un cajón de vodka y te llevas
a tu hermano."
Durante todo el viaje de vuelta Alekséi no paró
de aullar en voz baja, fulminado por aquella traición. Al llegar
al pueblo volvió a sus tareas de esclavo. Saíd, en cambio,
llevó al puesto de guardia el cajón de vodka y regresó
con su hermano.
Como era de esperar, Saíd, dada su bondad, no tardó
en perder a su esclavo ruso. Como era generoso, dejaba su esclavo a todo
aquél que lo quisiera. Un día le pidieron el siervo para
descargar cemento en un pueblo vecino, donde vendieron a Alekséi
por 15.000 dólares a un checheno rico. Por raro que parezca, aquella
circunstancia le dio nuevos ánimos a Alekséi: ahora no lo
matarían, les dolería perder tanto dinero.
El nuevo dueño resultó ser un tal Orbi,
miembro de un clan. En Ivánovo tenían detenido a un hermano
suyo, encerrado por algún delito común, y Orbi se preparaba
a conciencia para el canje de su hermano por el soldado. Custodiaban al
prisionero el hermano menor de Orbi y sus amigos, unos mocosos de quince
años, armados. Mientras Orbi se encontraba en casa, los jóvenes
se portaban como unos corderitos, pero en cuanto Orbi salía por
la puerta aparecía el vodka y el chocolate y comenzaba el sarao.
En Chechenia se respeta sólo de palabra del Corán; se bebe
mucho y se transgreden las normas religiosas.
Cuando se emborrachaban, a los chicos se les subían
los humos y, salvo pegarlo, le hacían mil perrerías, lo
insultaban a él, a su madre, a todos sus antepasados y toda Rusia.
Alekséi apretaba los dientes y callaba. Un día que los chicos
se quedaron dormidos después de la última juerga, Alekséi
los desarmó y les dio un susto de muerte. Luego fueron ellos los
que lo molieron a palos.
Cuando se diría que para su liberación faltaba
un solo paso, Alekséi tuvo que soportar una nueva prueba. Para
salir de Chechenia se necesitaba el permiso personal del mismísimo
Radúyev, uno de los principales jefes guerrilleros. Cuando Salmán
el loco tuvo delante a Alekséi se levantó de la mesa de
un salto y aulló: "¡Un mercenario! ¡¿Cómo
es que sigue vivo?! ¡Esto no puede ser! ¡A ver, tu número
de placa!" Alekséi, petrificado, le dio su número.
Radúyev lo introdujo al instante en su banco de datos y Alekséi
vio en el monitor toda su vida: dónde había nacido, su servicio
militar, los datos de sus padres, de sus hijos e incluso de su primera
mujer; hasta el lugar donde estaba enterrada su madre...
Como si leyera su pensamiento, Radúyev soltó:
"Con el tiempo os vamos a pescar a todos".
El regreso a la patria fue para Alekséi todo menos
idílico: más bien una nueva sucesión de humillaciones.
Hizo todo el vuelo entre dos hombres armados. Al llegar al aeropuerto
de Moscú, no se sabe de dónde, apareció una nube
de periodistas. Alekséi vio cómo los chechenos que le acompañaban
les llenaban de dólares los bolsillos y les pedían que señalaran
que la entrega de aquel mercenario era un gesto de buena voluntad (y ni
una palabra del preso común por el que lo canjeaban). ¡Cómo
saben darle la vuelta a todo en su propio provecho! Allí mismo
los de contraespionaje detuvieron a Alekséi y éste fue a
parar a la prisión de Lefórtovo, donde estuvo encerrado
hasta que no se aclararon las circunstancias en las fue hecho prisionero.
Pero todo aquello para Alekséi ya no era nada comparado
con los ojos saltones del capitán que lo cambió por una
caja de vodka.
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