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julio
- agosto 1997
Nº 31/32

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Testimonios a la moda
ELIOT WEINBERGER
Siempre brillante, divertido y polémico,
el crítico Eliot Weinberger se aplica, esta vez, a dinamitar con
argumentos y anécdotas conceptos tales como poesía política
o poesía testimonial. Entre los títeres que deja sin cabeza
no faltan numerosos exponentes de ciertas modas culturales o miembros
de talleres literarios más o menos terapéuticos.
La poesía política es tan antigua y diversa
como la poesía misma. Uno de los primeros exploradores de Africa
hace referencia si bien ésta es apenas creíble
a una tribu que entonaba sólo un canto de un único verso:
"El rey tiene todo el poder."
Durante casi el siglo entero la imagen de la poesía
política se redujo a lo escrito manifiestamente en pro de un fin
o movimiento determinado (la revolución, la liberación colectiva,
la paz). Luego, a medida que las ideologías de antaño se
difundieron, la teoría académica comenzó a hacer
hincapié en que todo tenía una lectura política amorfa:
los silencios implícitos en un poema sobre el narciso. Al igual
que buena parte de lo que denominamos teoría, aquélla era
cabalmente cierta y a la vez una generalización patente que resultaba
muy cómodo reiterar en instancias complejas.
Últimamente se ha inventado un nuevo subgénero
que sustituye al conjunto en este interregno ideológico: la poesía
testimonial. Radicalmente opuesta a la Nueva Crítica, la poesía
testimonial depende por entero de los antecedentes biográficos,
y su empirismo tajante acaso no tiene precedentes en la historia literaria.
Es una poesía en la que, si no estuviste, te lo perdiste.
El corán del subgénero testimonial es la
muy exitosa antología de Carolyn Forché Against Forgetting
("Contra el olvido", Norton). Circunscrita al siglo XX, los
poetas del libro son testigos aceptables si han sido combatientes o civiles
en una guerra, prisioneros, exiliados o ciudadanos en un régimen
totalitario (al margen de la vida que llevaran en dicho régimen).
Más discutible resulta la inclusión adicional de periodistas
o visitantes en una zona de guerra, así fuese durante un breve
período, y los residentes no blancos en los Estados Unidos. (Los
blancos, presuntamente, no atestiguan las injusticias en este país.)
Algunos más, incluidos aquéllos cuya poesía se tiene
en general por política de acuerdo con otras normas Allen
Ginsberg, por ejemplo, pueden muy bien haber pasado el tiempo componiendo
pantunes en un club.
Distinciones sutiles
Esa taxonomía, al igual que el sistema de castas
hindú o la política editorial de cualquier lugar, tiene
distinciones sutiles que resultan incomprensibles para un intruso. Tadeusz
Borowski es testigo del Holocausto, pues estuvo recluido en Auschwitz
y en Dachau. Nelly Sachs es testigo del Holocausto, pues escribió
poemas sobre el asunto desde su exilio en Suecia. Irena Klepfitz es testigo
del Holocausto, pues nació en Varsovia en 1941 y la ocultaron en
la campiña, emigró de niña a los Estados Unidos y
escribió poemas sobre el Holocausto en la ciudad de Nueva York.
Charles Reznikoff no es testigo del Holocausto, pues nació en los
Estados Unidos y escribió poemas sobre el Holocausto en la ciudad
de Nueva York.
Semejantes literalidades y sutilezas historicistas son
una sorprendente y categórica repulsa a la imaginación e
inconcebibles para un poeta. (A nadie se le ocurriría exigir pruebas
parecidas a otros escritores: instantáneas, digamos, de Laura o
de Beatriz o del poeta-zapatos-en-mano-de-playa-de-Dover.) La poesía
testimonial como concepto no los poetas mismos, sino el casillero
en el que se les ha metido me parece una rama de la poesía
terapéutica fomentada hoy día en los programas televisados
de Bill Moyers y en incontrolables talleres de escritura. Una poesía
en la que la autobiografía es fundamental, los incidentes en los
que se ha sido víctima son los momentos estelares de la vida y
la escritura se tiene por remedio para curar las heridas psíquicas.
(El último rasgo es la mejor prueba de que no tiene absolutamente
nada que ver con la poesía. Ésta no cicatriza las heridas
ni responde a las preguntas; las produce.)
La biografía adversa como principio rector en Against
Forgetting no se distingue gran cosa de un libro publicado hace algunos
años en España, un grueso volumen internacional e histórico
de siniestra cubierta en negro sobre negro: Antología de poetas
suicidas. Érase que se era una época en la cual bastaba
que los poetas pensaran, soñaran y escribieran: la primera persona
era generalmente un personaje. Ahora deben presentar un currículo
para que se ratifique su sinceridad. El valor inherente del testimonio
como rasero de la poesía es palmario en dos publicaciones recientes.
La primera es Outcry from the Volcano ("Protesta del volcán"),
recopilada y traducida por Jiro Nakano (Bamboo Ridge Press), una antología
de tankas de los sobrevivientes de Hiroshima, escritos casi todos por
poetas aficionados en los años que siguieron a la devastación.
Es un documento conmovedor y a la vez apenas interesa en sentido poético.
(Y lo leemos asombrados: ¿a ninguno de estos poetas se le ocurrió
que los cinco versos y la métrica precisa de los tankas se ajustaban
poco a su experiencia?) La segunda son los poemas de Araki Yasusada, un
empleado de correos que vivió hasta 1972, pero cuya familia fue
aniquilada por la bomba. Sus extraños y hermosos cuadernos fueron
descubiertos años después de su muerte; hace poco salieron
a la luz traducidos en Conjuctions, Grand Street y otras revistas, en
las que han despertado mucho interés de los lectores y editores
de antologías.
El único pero es que Yasusada es el seudónimo
de un poeta estadounidense incógnito que ha escrito entera la brillante
obra, con todo y algunas peculiaridades de traducción. Es un caso
revelador: si no se hubieran comenzado a diseminar los rumores de su identidad,
Yasusada se habría convertido en nuestro principal poeta testimonial
del desastre nuclear en la misma medida en que el gran testimonio
de la peste es el relato en primera persona y ficticio de Daniel Defoe.
La poesía testimonial, un signo del tiempo que
vivimos, reduce, todavía más, lo político a lo personal
y confina el acto de escribir a un verdadero narcisismo. Debemos recordar
que a los testigos oficiales no se les tiene por fiables de inmediato.
Los poetas no son ni más ni menos fidedignos, al margen de la grandeza
de la obra. En cuanto a Hiroshima, por cierto, he aquí a uno de
los maestros, William Carlos Williams, en una carta a otro poeta, Byron
Vazakas, fechada el 7 de agosto de 1945: "¡El día después
de la explosión atómica! los pobres judíos que
la consumaron. Ahora los aborreceremos más que nunca."
Retratos de poetas
Unas semanas después de haber escrito estas palabras,
American Poetry Review, la revista de poesía más leída
en los Estados Unidos, publicó un número con un suplemento
especial dedicado a Yasusada. APR, que se ha caracterizado por sus retratos
de poetas a menudo más grandes que los poemas mismos, lo mostraba
con un bosquejo a lápiz.
El autor de los poemas de Yasusada me había escrito
unos meses antes, inesperadamente, luego de leer un artículo que
publiqué en Artes de México sobre la falsificación
en el arte. También me envió su correspondencia con el premio
Nobel Kenzaburo Oe, quien le había insinuado con diplomacia que
la invención de un poeta de Hiroshima era un asunto demasiado delicado
y complejo como para pronunciarse sin haberlo pensado mucho.
Yasusada accedió a sostener conmigo una entrevista
por fax. Sin embargo, dos personas respondieron a mis preguntas: Javier
Álvarez, un compositor mexicano que vive en Londres, y Kent Johnson,
el editor de una antología de poesía budista de Estados
Unidos y quien ha estado enviando los poemas de Yasusada a las revistas.
Álvarez y Johnson afirman que Yasusada fue la creación de
un tal Tosa Motokiyu, su compañero de cuarto en Milwaukee en los
años ochenta, ya fallecido. Incluido en la lista de los traductores
de Yasusada anteriormente, Motokiyu, como hubiera podido esperarse, también
es un seudónimo. Johnson expuso su detallada historia en una conferencia
internacional en Utrecht el verano pasado.
A la directora de una de las revistas que publicaron a
Yasusada le parece que es su ex novio. Los editores de APR están
indignados ("Esto ha sido un crimen"). Y yo empiezo a preguntarme
si la persona que me localizó en un principio era en realidad el
inventor de este Pessoa nuclear o el prestanombres de un impostor. En
todo caso, Yasusada sigue siendo el gran poeta de Hiroshima y su testigo
menos fiable.
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