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Alcanzado
un determinado nivel de cultura y de experiencia, la crítica
literaria deviene un género autobiográfico”.
La cita procede de una reseña dedicada a Sergio Pitol
y la firmaba Ignacio Echevarría en un Babelia de mayo
de 1997. Caí en ella por casualidad, en la hemeroteca,
buscando información para una novela en curso. La polémica
creada por su salida de El País estaba en su apogeo.
Creo que esa definición justamente no puede ser más
acertada para describir el trabajo que vino desarrollando
hasta su “silenciamiento”. Porque es precisamente
la conjunción de experiencia personal y de cultura
lo que decide cómo responde uno ante un texto literario,
y en la medida en que como crítico se trabaja desde
esa premisa, se concede al lector una libertad de entendimiento
pareja. El tipo de crítica que ha venido haciendo Echevarría
se sustenta en la idea del criterio personal como argumento
soberano y la argumentación en favor o en contra de
un texto se atiene a ese criterio. En las críticas
de Ignacio Echevarría me ha gustado siempre la arrogancia
de vida que contienen porque refleja la forma de leer de muchos
(cada vez menos): mirada inquisitiva, pero dispuesta a rendirse.
No a cualquier precio. Hay unas preguntas en nuestras experiencias,
necesidades, y los libros responden, se hacen eco de ellas,
o no; cómo lo hace y a qué profundidad, eso
es lo que importa.
En general, se defiende un canon desde premisas que vienen
de muy lejos, una Historia de la Literatura apenas cuestionada.
Demasiados críticos hablan desde un púlpito
y entienden sus colaboraciones en prensa como una prolongación
del púlpito de la cátedra universitaria o editorial.
Más que elucidar un texto, lo descarnan, se sientan
en él para erigir un monumento a su erudición,
para mantener las constantes del canon, siempre patriarcal,
mesurado, con leves notas de goce; todo, homologado por el
buen gusto literario, las digestiones bien hechas, los prejuicios
consolidados, el sueldo a buen resguardo. (Hay un papanatismo
y una hipocresía que han quedado de manifiesto en las
lecturas escandalizadas de lo último de García
Márquez).
Creo que en el tiempo lo que Echevarría ha trazado
es un comentario dinámico y coherente sobre el “estado
de la literatura en castellano”, “las condiciones
de la literatura” y “la posición del escritor
con respecto a su proyecto”. Entiendo que la prensa
es perfecta para crear debate: uno es falible, pero puede
rectificar al día siguiente. Sólo que a veces
no hay día siguiente. Por eso, si otros críticos,
desde otras “tribunas” de la prensa, jugasen con
las mismas cartas, es decir, rigor, punch, y conocimiento
de las herramientas de la crítica, y al mismo juego:
algo más que reseñar novedades, el debate se
habría enriquecido, y los artículos de escritores
agraviados se verían como lo que son: pataletas de
egos lastimados.
Se comentó que ignorar los vínculos multimediáticos
de El País es cosa de ingenuidad y cinismo; así
se evita analizar las intenciones ciertas del diario, puestas
de relieve en los pasos que fue dando desde septiembre.
El País parece que mimó la presencia de Echevarría
y su independencia, expresada en críticas a veces duras
y disonantes, porque beneficiaba a su imagen de marca: bandera
de la libertad de expresión, etc. Pero llegó
el momento de extraer un rendimiento a esa independencia para
respaldar la apuesta literaria de la temporada: Atxaga y su
defensa de las esencias vascas. Claramente, se pensaba utilizar
alguna de las frases posiblemente elogiosas para publicitar
la novela; la intención última era crear una
“unidad de sentido”: el aplauso del “mejor
crítico” (Echevarría/El País) a
la “mejor novela” (Atxaga/Alfaguara) refrendaba
culturalmente al grupo puntero (Prisa). A esa comunión
de gustos e intereses tenía el lector que sumarse,
tranquilo porque el producto le llegaría con el certificado
de calidad garantizada extendido por un colaborador “insobornable”.
Una operación al estilo de los últimos tiempos
de El País, que promueve un vedetismo de izquierda
exquisita al que poca gente de la cultura se ha mostrado remisa.
Cuando Echevarría ataca la ñoñería
cierta del libro y denuncia la inmoralidad que a su juicio
subyace en los planteamientos que en él hace Atxaga
respecto de lo vasco, y cómo ciertas explicaciones
del conflicto están ideadas para acallar análisis
menos confortables, se enfurecen los artífices de la
operación. La vergonzante lluvia de artículos
elogiosos tras el varapalo, el silenciamiento del crítico
rebelde, todo delata que para El País la independencia
de sus colaboradores es meramente estética. Que un
autor “consagrado” es un autor “beatificado”.
Escandaloso es que un diario que dice defender el valor de
la palabra silencie a quien a lo largo de catorce años
ha sabido justamente cargar las palabras de sentido. Escandaloso
este hecho generalizado: que el “marco” económico
en que actúa el crítico (colaboración
esporádica y cobro “por pieza”) no fortalece
su independencia sino que induce una docilidad entre los colaboradores
a los que importa el “prestigio” que da publicar
aquí y no allá. En tales condiciones, el verdadero
activo del crítico es su criterio y la coherencia en
defenderlo hasta las últimas consecuencias.
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